4 DE AGOSTO –  DIA DE TIGRE  –  DESEMBARCO DE LINIERS

En la semana recibimos la invitación para concurrir al acto que se realizaría en el Partido de Tigre; a la ceremonia concurrieron con Bandera y Estandarte una delegación de la Asociación Civil compuesta por nuestro Presidente VGM Dr. Ignacio J Arcidiacono, Secretario VGM Sr. Carlos M. Rodriguez, Prosecretario VGM Sr. Roque G. Alegria y  el socio VGM Sr. Miguel A Cancrini, estaban presentes el Tcnl. (R) Luis A. Polo Secretario de las C.P.H.G.A.S., y Delegación de Veteranos de Guerra, Escuelas y Fuerzas Vivas del partido de Tigre

A continuación se detalla el acto según la fuente http://www.tigre.gov.ar/noticias/tigre-festejo-su-dia-con-una-gran-celebracion-cultural/

04 de agosto, 2015
Tigre festejó su día con una gran celebración cultural

Tras cumplirse 209 años del Desembarco de Santiago de Liniers al distrito, el Municipio conmemoró su fecha con un cálido encuentro que fusionó homenaje, danzas folklóricas, la música de la Orquesta Escuela de Rincón y otros aportes culturales que brindaron color a la jornada. El intendente de Tigre, Julio Zamora, acompañó a los presentes durante la celebración.
Los vecinos de Tigre ya tienen su día y es el 4 de agosto. Un día como hoy, pero de 1806, se dio la llegada al partido por parte de las tropas de Santiago de Liniers, que luego emprendieron la marcha para liberar a Buenos Aires, tomada en aquel momento por los ingleses. De esa manera, se dio una convocatoria que arrancó en la Plaza Daniel Cazón y luego en el Museo de la Reconquista, con numerosas actividades, tendientes a conmemorar esta fecha tan especial.

Al respecto, el intendente de Tigre, Julio Zamora, destacó: “Por ordenanza municipal, este es el Día de Tigre. Representa una de las fechas más importantes que vivió nuestra comunidad en defensa de nuestra patria con el desembarco de Liniers. A partir del momento en el que asumimos, comenzamos a darle forma a esta idea de retomar un festejo popular que en años anteriores había sido muy fuerte y luego fue decayendo. Creemos que es el día más importante que tuvo Tigre en materia histórica, que nos identifica y nos muestra como un pueblo valeroso”.
El director ejecutivo de la Agencia de Cultura, Daniel Fariña, expresó: “Estamos muy contentos por realizar un festejo que había quedado en el olvido. El mismo nació de un decreto del año 1955, siendo impulsado Martínez de Alegría, el Intendente de Tigre en aquel momento. Día a día intentamos que la gente tome conciencia de esta celebración y esperamos que el año que viene, como dijo el intendente Julio Zamora, realicemos una gran celebración”.

Como parte de la jornada, se colocaron ofrendas florales junto al busto de Santiago de Liniers; contaron con el acompañamiento de las banderas de ceremonia de los Veteranos de Malvinas y otras instituciones educativas, se entonaron además las estrofas del himno nacional junto a otras canciones populares, a cargo de la Orquesta Escuela de Rincón de Milberg. Luego disfrutó de danzas folklóricas, a cargo de bailarines de distintas agrupaciones de Tigre y el repertorio musical de Federico Pecchia, ganador del Pre-Cosquín 2010.
“En 1806 Liniers desembarcó con sus tropas frente al Museo de la Reconquista, viniendo desde Montevideo. En este sentido, es muy interesante todo lo que se ha presentado para hacer de esta fecha, un gran festejo.  Esperamos que esta gesta siga creciendo cada vez más y sea recordada por toda la comunidad”, dijo Mabel Trifaro, presidenta del Instituto de Estudios Históricos del Distrito.

También se pudo ver la exposición de proyectos participantes del concurso Nacional de Escultura “Homenaje a Santiago de Liniers”, cuyo ganador será emplazado al aire libre, en el sitio histórico de la Plaza Daniel María Cazón del distrito.
Acompañaron a Julio Zamora: los concejales Rodrigo Molinos, Sandra Rossi, Verónica Caamaño, Marcelo Marina, Juan Baldo y Eva Pérez; la subsecretaria de Educación, Luciana Padulo; el subsecretario de Promoción Social, Fernando Mantelli; la directora del Programa de Orquestas Escuela de Tigre, Gisela Zamora; la inspectora jefa distrital de Escuela Públicas, Claudia Riggeri; el director general de Promoción e Inclusión Cultural, Alejandro Moyano; la directora general de Educación, Gloria Zingoni; el director general de Entidades Intermedias, Ariel Arnedo; el director general de Industrias Culturales, Juan Vitali; la directora coordinadora de Artes Escénicas, Marcela Rodríguez Blanco; el director general de Derechos Humanos de la Secretaría de Protección Ciudadana, Oscar Scotto; demás autoridades municipales; vecinos; entre otros.

UN POCO DE HISTORIA

http://www.inmaculadatigre.com.ar/un-poco-la-historia-4-agosto-1806

Un poco la historia… 4 agosto 1806

Es bueno leer un poco la historia, porque como dice el Padre Edel Torrielli: “nos asustaríamos menos de las cosas que nos pasan hoy, si supiéramos que ya pasaron antes; y veríamos la vida con otros ojos”
Y entre luces y sombras es Dios que en todo escribe una historia de Salvación para los hombres.
Es bueno saber que “si la historia la escriben los que ganan; eso quiere decir que hay “otra” historia”
A modo de recreación les propongo estas para descubrir a Santiago de Liniers, su vida su testimonio, la reconquista de Buenos Aires y la celebración del bicentenario de la reconquista de Buenos Aires, el 12 de Agosto 1806 – 2006

                      
Desembarco de Liniers en el río de Las Conchas, el 4 de agosto de 1806.  Acuarela de E. Biggeri, 1973.
1806-2006 Bicentenario de la Reconquista de Buenos Aires

Bicentenario de Nuestro Despertar Nacional
En Europa, el 21 de octubre de 1805 la flota española es totalmente aniquilada por la inglesa en el desastre de Trafalgar y al año siguiente el emperador Napoleón da el golpe de gracia a los prusianos en la batalla de Jena. Los ingleses alentaban el propósito de aprovechar la decadencia y depresión de España para sucederla en la posesión de sus colonias.
El más activo de los precursores del propósito independista bajo la protección británica era el venezolano Francisco de Miranda, inquieto personaje de la Ilustración que había actuado en la Revolución francesa y luego como consejero de la gran Catalina de Rusia, lo que prueba sus cualidades persuasivas y la extensión de sus vinculaciones. Un inglés amigo de Miranda y como éste de la rama gran Oriente de la masonería, el comodoro sir Home Riggs Popham, va a intentar la aventura de realizar esas ideas en nuestro Río de la Plata con una escuadra de ocho buques que traía a bordo mil doscientos hombres de desembarco comandados por el mayor general Guillermo Carr Beresford.
El virrey marqués Rafael de Sobremonte, alertado por el gobernador de Montevideo don Pascual Ruiz Huidobro, supuso que los barcos –por su tamaño- no podrían entrar al puerto de Buenos Aires, por lo cual se apresuró a mandar a Montevideo las escasísimas fuerzas veteranas con que contaba la capital del virreinato, y ordenó el acuartelamiento de las milicias populares.
Pero el 25 de junio de 1806 recibió con gran estupor la noticia de que los ingleses habían desembarcado en Quilmes y se dirigían sobre Buenos Aires. Rápidamente envió para detenerlos a cuatrocientos milicianos y cien bladengues mal armados, que fueron dispersados por el excelente fuego de las baterías inglesas y el de su disciplinada infantería.
Despejado el camino, el jefe inglés intimó la rendición de la ciudad. El brigadier Hilarión de la Quintana, a cargo de la defensa, vio la inutilidad de resistir y entregó la ciudad y el fuerte. El general Beresford tomó posesión del gobierno en nombre de Jorge III y obligó a las reparticiones de la administración a prestarle juramento de fidelidad. Con la facilísima conquista de Buenos Aires, los ingleses creyeron que habían ganado el virreinato para el imperio.
El General Beresford se instaló en el Fuerte y una nave inglesa fue despachada a Londres con un gran botín.
Escribiría el Dr. Mariano Moreno: “…yo he visto en la plaza llorar muchos hombres por la infamia con que se les entregaba, y yo mismo he llorado más que otro alguno cuando a las tres de la tarde del 27 de Junio de 1806 vi entrar 1600 hombres ingleses que, apoderados de mi patria, se alojaron en el Fuerte y demás cuarteles de esta ciudad.”
El día 28 de junio, el General Beresford hizo izar en el Fuerte el pabellón de Gran Bretaña, saludándolo la artillería de mar y tierra.
Entre tanto, Sobremonte se había retirado hacia Córdoba a fin de organizar desde allí el rescate.
Por aquellos años, Buenos Aires tenía apenas 40 mil habitantes. En 1806 prácticamente no tenía ejército que la defendiera, apenas unos reservistas españoles, y eso lo sabían bien los británicos, merced a la labor de los espías que habían infiltrado entre los porteños. También conocían la existencia de un abultado tesoro, producto de la recaudación acumulada que no había podido ser remesada a España por la crisis en las comunicaciones marítimas. Esas fueron razones suficientes como para que las embarcaciones comandadas por William Beresford desembarcaran en el Río de la Plata, aún sin esperar el aval de la corona.
“Es que la flota inglesa incautó los barcos mercantes que estaban en el puerto, que pertenecían a las familias Alzaga y Pueyrredón, que justamente iban a ser los líderes de la Reconquista y la Defensa” “Al principio hubo una negociación con los ingleses: le ordenaron al virrey Sobremonte, entregar el tesoro que se había llevado, no porque se lo robara, sino porque tenía órdenes de protegerlo de los británicos, a cambio de que devuelvan los barcos. Así y todo, les devolvieron sólo una parte”
Mientras, los habitantes de la ciudad se sintieron consternados y humillados por la derrota, según revelan las memorias de la época, y aun las de los mismísimos ocupantes, quienes advertían el rencor latente bajo las relaciones convencionales.
No faltó, por cierto, como el futuro terminaría acostumbrándonos, la facción que trató de congraciarse con el invasor y se ligó a su suerte: ya habían llegado hasta aquí las ideas de Francisco de Miranda.
Sobremonte reunía milicias en Córdoba, Ruiz Huidobro en Montevideo y don Juan Martín de Pueyrredón  y otros más reclutaban gente en la campaña. Sólo se necesitaba el jefe que coordinara estos esfuerzos dispersos y los organizara para la acción.
1º de julio de 1806. En una celda del convento de Santo Domingo, el capitán de navío francés al servicio del rey de España don Santiago de Liniers y Brémond mantiene una conversación secreta con el prior fray Gregorio Torres. Acaba de llegar a la ciudad. En las últimas jornadas ha permanecido al frente de la batería de la Ensenada, distanciado de los combates que culminaron con la derrota de las fuerzas del virreinato. Está decidido a lanzarse nuevamente a la lucha para liberar a Buenos Aires. Y así lo comunica, con emocionada determinación, al prior de Santo Domingo:

  • Estoy resuelto a hacerlo, reverendo padre. Hoy mismo, en el transcurso de la misa, he hecho ante la imagen sagrada de la Virgen un voto solemne. Le ofreceré las banderas que tome a los británicos si la victoria nos acompaña. Y no dudo que la obtendré si marcho a la lucha con la protección de Nuestra Señora.
  • La promesa no es vana. Nueve días más tarde, y después de ponerse al tanto de los trabajos de resistencia que organizan en la ciudad los grupos acaudillados por Martín de Alzaga,
  • Liniers se embarca en Las Conchas (en Tigre) y se dirige a la Banda Oriental para combinar operaciones con Ruiz Huidobro.

Beresford, entre tanto, exige y obtiene que le sea entregado el tesoro que en el momento del ataque a la ciudad fuera conducido por orden de Sobremonte a la villa de Luján.
Una partida de soldados británicos se dirige hacia esa localidad y trae de regreso, en un tren de carretas, los caudales reales. El dinero, que suma más de un millón de pesos fuertes, es entonces embarcado en una de las fragatas de Popham y conducido inmediatamente a Gran Bretaña.
Buenos Aires bulle ya en actividades conspirativas. Numerosos soldados británicos son inducidos a desertar, hecho que obliga a Beresford a lanzar un bando por el cual amenaza con la pena de muerte a todo aquel que incite a sus tropas a abandonar las filas.
Alzaga, entre tanto, trabaja activamente junto con sus compañeros, decididos a jugarse el todo por el todo para expulsar a los ingleses.
Entre los cabecillas de los grupos que actúan en la ciudad, se destaca Felipe Sentenach, el hombre que pone en marcha el “plan de las minas”, con el cual pretenden volar los emplazamientos de las tropas británicas: el fuerte y el cuartel de la Ranchería (este último ubicado en la actual esquina de Perú y Alsina).
Este proyecto no se limita únicamente a una operación contra los ingleses; tiene, también, proyecciones políticas: mientras excavan los túneles, los miembros del grupo señalan que, si la reconquista tiene éxito, ellos, en nombre del pueblo, convocarán a Cabildo Abierto para elegir los jefes que “supremamente han de gobernar hasta que otra cosa se determine por nuestro monarca
La decisión de eliminar a Sobremonte del gobierno del virreinato surge, pues, con mucha anterioridad a la derrota de las fuerzas británicas. El virrey, con su retirada, se ha ganado el repudio de los criollos y españoles de Buenos Aires quienes, llegado el momento, no vacilarían en derrocarlo designando en su reemplazo al caudillo de la reconquista, Santiago de Liniers.
La acción libertadora se encuentra ya en marcha.
Mientras en Montevideo Ruiz Huidobro y Liniers organizan con el entusiasta apoyo de la población las fuerzas que habrán de marchar sobre Buenos Aires, Pueyrredón reúne gran cantidad de paisanos de los partidos de San Isidro, Morón, Pilar y Luján. “Las primeras milicias estaban conformadas por un grupo de gauchos que por todo uniforme tenían una cinta celeste y blanca en el pecho, los colores de la Virgen de Luján, ya que en esa ciudad Pueyrredón organizó a su tropa”,
“Las clases dirigentes locales eran sobre todo comerciantes españoles y algunos criollos. No hay que olvidar que el líder de la Defensa fue Martín de Alzaga, un comerciante español que después fue realista. Pero en ese momento no se hacía diferencia entre unos y otros: el español no era extranjero, a diferencia del inglés, que además no era católico. En 1806 la sociedad era hispano-criolla. Los españoles recién se van a considerar extranjeros después de 1813 o 1814.”
También de la capital llegan centenares de hombres, ansiosos por participar en la lucha. Pueyrredón establece entonces el punto de concentración en la chacra de Perdriel, propiedad del padre de Manuel Belgrano, que estaba emplazada en los terrenos actualmente ubicados entre el Colegio Militar de la Nación y la estación Villa Ballester.

4 de agosto de 1806, a las nueve de la mañana. 
En el fondeadero del río Las Conchas reina un movimiento extraordinario. Decenas de pequeñas embarcaciones se aproximan a la ribera provenientes de la Colonia del Sacramento, venciendo a favor de una neblina propicia pero habitual en el invierno local la dificultad de cruzar el río vigilado por los ingleses, y de ellas descienden los soldados de la fuerza expedicionaria de Liniers. 
El marino francés, que hace ya más de treinta años sirve a la corona de España, da así principio a la marcha que culminará con la reconquista de Buenos Aires. Del gobernador de Montevideo obtuvo seiscientos hombres, la tercera parte soldados regulares y el resto milicianos, que se sumaron a los trescientos marineros, y también a un puñado de franceses de un buque corsario que estaba a la sazón en la capital oriental. 
En menos de una hora las tropas terminan la operación de desembarco. 
Se resuelve pernoctar en el lugar (cerca y al amparo del Templo y a la custodia del Templo del Tigre, actual Parroquia Inmaculada Concepción de Tigre) para iniciar el avance al día siguiente.
Los soldados deben soportar esa noche una violenta lluvia que, con breves interrupciones, habrá de prolongarse hasta el día 8. Ese temporal tiene decisiva influencia en el desarrollo de las operaciones pues Beresford, que se proponía salir de Buenos Aires para enfrentar a campo abierto a las columnas de los criollos, se ve obligado a permanecer en la ciudad. Desprovisto de tropas de caballería, el general inglés considera imposible marchar a pie con sus soldados por los caminos que la lluvia ha convertido en ríos de barro.
Las tropas españolas y criollas acometen, sin embargo, la dura travesía por el lodazal. Salvo una compañía de dragones y la caballería voluntaria que comanda Pueyrredón, que pocos días antes había sufrido un revés en la chacra de Perdriel, el resto de la fuerza debe marchar a pie.
El 10 de agosto el ejército acampó en los Corrales de Miserere (actual Plaza Once), y desde allí le intimó a Beresford la rendición, dándole quince minutos para responder.
Ambos ejércitos disponían de poco más de mil efectivos, pero la diferencia estaba en la preparación, adiestramiento, equipamiento, armamento y experiencia.
La negativa del jefe inglés dio la señal de la marcha. Liniers dirigió su tropa al Retiro, en cuya plaza de toros (aproximadamente en la actual esquina de  Santa Fe y Maipú) se había fortificado el enemigo.
Se combatió todo el día 11 desde la madrugada, con gran ardor por ambas partes.
Al anochecer, los ingleses, con su jefe a la cabeza, que había dirigido la acción todo el día, se replegaron hacia la plaza Mayor y el fuerte.
En la ciudad, Beresford verifica con alarma la creciente hostilidad de la población.
Mientras, por el contrario, Liniers no dejaba de incorporar entusiastas voluntarios.
Al caer la tarde, arriba al fuerte el capitán brigadier Hilarión de la Quintana, quien presenta a Beresford una intimación de rendición. Este último la rechaza en caballeresco mensaje y, temiendo un sorpresivo ataque nocturno, atrinchera sus fuerzas en torno de la plaza Mayor.
Hombres y cañones son emplazados en el fuerte, la recova y los edificios y calles que rodean la plaza. El temido asalto, sin embargo, no se produce todavía.
Los cañones son arrastrados a pulso, a través del barro, por cuadrillas de muchachos. Toda la ciudad está ya en rebelión. Desde las azoteas y balcones se hace fuego de fusilería sobre las tropas inglesas que intentan abandonar la plaza para salvar al destacamento del Retiro. Allí los hombres de Liniers consiguen aplastar rápidamente la resistencia de los británicos.
Beresford enfrenta ahora una situación desesperada.
Desde todas las direcciones convergen sobre la plaza grupos de la fuerza enemiga, avanzando a través de los techos y azoteas. Uno a uno, los puestos avanzados británicos son aniquilados.
Es necesario tomar una decisión antes de que sea demasiado tarde.
Esa misma mañana Popham baja a tierra y sostiene una dramática conferencia con Beresford. Los dos jefes comprenden que la aventura ha terminado, y que es preciso actuar cuando aún queda tiempo para salvar a la tropa. Resuelven entonces embarcar esa misma noche, en el muelle de la ciudad, a todos los heridos y a las mujeres e hijos de los soldados que, como era común en la época, acompañaban a la tropa en las campañas de larga duración.
Las tropas, apenas despunte el día, abandonarán la ciudad y se dirigirán a marcha forzada al puerto de la Ensenada, donde se embarcarán inmediatamente.
Sin embargo, el ejército de Liniers y el pueblo de Buenos Aires impedirán que los británicos concreten su propósito.

12 de agosto de 1806.
Por las calles que conducen a la plaza Mayor, avanzan en tropel las fuerzas de la reconquista, envueltas en el humo de las explosiones y el retumbar de los disparos.
Liniers, instalado con sus lugartenientes en el atrio de la iglesia de la Merced, ha perdido el control de las operaciones: sus soldados, mezclados con el pueblo que pelea a mano desnuda, no escuchan ya las voces de los oficiales, y se lanzan en un solo impulso a aniquilar al enemigo. Un diluvio de fuego se desata sobre las posiciones británicas en la plaza. Allí, al pie del arco central de la Recova, está Beresford, con su espada desenvainada, rodeado de los infantes escoceses del regimiento 71. Esta es la última resistencia.
Las descargas incesantes abren sangrientos claros en las filas británicas. El jefe inglés comprende que ya no es posible continuar la lucha, pues sus tropas serán aniquiladas hasta el último hombre. Ordena entonces la retirada hacia el fuerte. Allí, momentos más tarde, iza la bandera de parlamento.
Volcándose como un torrente en la plaza, las tropas y el pueblo llegan hasta los fosos de la fortaleza, dispuestos a continuar la lucha y exterminar a cuchillo a los británicos.
En esas circunstancias, una vez más Hilarión de la Quintana es enviado por Liniers a negociar la rendición.
Esta deberá ser sin condiciones.
La muchedumbre, terriblemente enardecida, es a duras penas contenida. Se exige a gritos que Beresford arroje la espada. Un capitán británico lanza entonces la suya, en un intento por calmar a la multitud. Pero eso no conforma a la gente y Beresford debe aceptar, aun antes de que sus soldados hayan depuesto las armas, que una bandera española sea enarbolada sobre la cima del baluarte.
Liniers está ahora a pocos metros de la entrada de la fortaleza, aguardando la salida de su rival vencido.
Beresford, acompañado por Quintana y otros oficiales, marcha hacia Liniers a través de la multitud que le abre paso.
El encuentro es breve. Los dos jefes se abrazan y cambian muy pocas palabras.
Liniers, después de felicitar a Beresford por su valiente resistencia, le comunica que sus tropas deberán abandonar el fuerte y depositar sus armas al pie de la galería del Cabildo.
Las fuerzas españolas rendirán, como corresponde, los honores de la guerra.
A las 3 de la tarde del 12 de agosto de 1806, el famoso regimiento 71 desfila por última vez en la plaza Mayor de Buenos Aires.
Con sus banderas desplegadas los británicos marchan entre dos filas de soldados españoles que presentan armas, hasta el Cabildo, y allí arrojan sus fusiles al pie del jefe vencedor.
La invasión fue un acto de piratería con uniforme, como lo demuestra el robo del tesoro, pero sobre todo, parte de un proyecto comercial y político de Gran Bretaña, que había experimentado su Revolución Industrial y buscaba mercados en todo el mundo. Habían tomado el Cabo de Buena Esperanza, posesión holandesa en África, y desde allí vinieron por Buenos Aires, una plaza fundamental para entrar en América del Sur. Eso justificó que no se dieran por vencidos e intentaran con una segunda invasión.
14 de agosto de 1806.
En Buenos Aires reina una enorme agitación. Se ha difundido la noticia de que el virrey Sobremonte regresa a la capital, decidido a reasumir el gobierno. Esto para los porteños es inaceptable. Grupos de exaltados recorren las calles, exigiendo a gritos su destitución. Frente al Cabildo, donde se hallan reunidos en asamblea extraordinaria los principales hombres de la ciudad, se concentra una inmensa muchedumbre, dando mueras al virrey y aclamando al héroe de la reconquista.
En el interior del Cabildo la asamblea se desarrolla desordenadamente, bajo la presión de la gritería que llega desde la plaza. Sobremonte debe ser separado del mando, ésa es la opinión multitudinaria. Sin embargo, los funcionarios españoles de la Audiencia tratan de impedir que se concrete esa medida. Para ellos, el virrey no puede ser privado en forma alguna de su cargo, pues eso implicaría un atropello contra la autoridad del rey. Contra esos argumentos se levanta la airada respuesta de varios asambleístas.
Uno de ellos, el criollo Joaquín Campana, afirma resueltamente: ¡Es el pueblo, para asegurar su defensa, el que tiene autoridad para decidir quién habrá de gobernarlo!
Claro, el júbilo de Buenos Aires era inmenso, así como su entusiasmo por el jefe que había decidido la victoria. Liniers aparecía a los ojos de todos como el caudillo natural, como el conductor providencial y necesario. A ello contribuía, sin duda, la subsistencia del peligro, ya que la escuadra inglesa continuaba dueña del río y esperando refuerzos para intentar el desquite.
En la plaza la agitación degeneró en tumulto. Juan Martín de Pueyrredón se asomó a los balcones del Cabildo e incitó a la multitud a exigir la entrega inmediata del poder a Liniers. La gente se arremolina y atropella contra los guardias que custodian las entradas del edificio. Muchos consiguen irrumpir en el recinto donde se celebra la reunión, y exigen enardecidos que se proceda sin más trámite a acatar la voluntad popular.
En medio del desorden, los miembros de la Audiencia abandonan el Cabildo, para provocar, con su ausencia, la disolución de la Asamblea. No logran, empero, su propósito.
Los que permanecen en el edificio ponen término a la discusión y designan a Liniers jefe militar de la ciudad. Al tener noticia del nombramiento, la multitud estalla en una ovación ensordecedora. Así, la jornada del 14 de agosto marca el fin de toda una época. El pueblo de Buenos Aires, al imponer la designación de su caudillo ha ejercido por primera vez su soberanía.
A partir de entonces, Liniers desplegó una extraordinaria actividad, dando muestras de sus dotes de organizador. En once meses convirtió a una población de tenderos y contrabandistas en una verdadera república militar. Formó distintos cuerpos de infantería, agrupándolos por sus orígenes locales o raciales, seis escuadrones de caballería y un cuerpo de artilleros.
El caudillo crea así un nuevo ejército que nada tiene que ver con la fuerza profesional que hasta entonces existía en el virreinato. El suyo será un ejército popular, una milicia con sus jefes y oficiales elegidos por la propia tropa, y que es el origen de los grados de toda la oficialidad del ejército de la Independencia.
El enemigo fondeado en la boca del estuario, a la vista de Montevideo, siguió recibiendo refuerzos de Inglaterra, de tal forma que a mediados de 1807, la ciudad debió hacer frente a una flota de veinte barcos de guerra y noventa transportes y a un ejército de desembarco de doce mil hombres aguerridos, con caballería y la mejor artillería de la época, bajo el mando del general John Whitelocke.
Para oponérsele, Liniers contaba con ocho mil seiscientos combatientes. Menos de la décima parte eran veteranos y su equipamiento lastimoso.
Pero, claro, también contaba con un pueblo de pie.
Muchos años después Manuel Gálvez en una novela iba a revelar el arma secreta de la eficacia de la resistencia criolla ante la superioridad militar británica: Decía uno de sus personajes que ante la prepotencia de la herejía inglesa resultó imbatible la combinación armónica pero explosiva entre el rezo del santo Rosario y el aceite hirviendo.